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la llama dorada
I
Este tiempo es hueco
se escapa
pasa por nuestras narices y se va
no se va el tiempo solo
sino que nos vamos con él.
Yo que soy tiempo
no puedo detenerme
ni puedo permanecer
y me deterioro
a diferencia del tiempo.
II
El tiempo perdura
me desgrano en vacíos
apenas puedo encontrar destellos
mas la luz se ha escapado
por el ojo electrónico de las tarjetas automáticas
por los poros
por los colores movedizos de la televisión
se escapó la luz
y tratamos de alcanzarla
comiendo hierbas y cactus
—pedazos de cielo y luna
para revivir
los conductos olvidados de la visión
que reaviven la llama dorada
de la unión con el cosmos.
III
Es cierto que pudimos encontrar
—ya muertos
en el negro azul
la danza del universo
la impotencia del hombre frente a la inmensa masa de estrellas que gira y arde
el balbuceo de la palabra “nebulosa”
y querer abarcar —pequeño ser
esa invasión de astros que saltan en tu cabeza.
También miramos en las horas
las brasas ardiendo y cambiando de formas
mientras creemos ver —ígneos— los elementos
de la misma danza cósmica.
IV
Nuestras carnes debieran ser el mejor ejemplo de la muerte
en que nos debatimos
resoplando el viaje sin regreso.
V
Quisiera enterrarme vivo para oler la tierra
tengo hambre
de tierra y humus
de corteza
sed de vientos de tempestades
de cataclismos que derrumben los siglos
de aires que carcoman el miedo.
VI
Final
La boca seca con ganas de luz:
un sólo racimo
un largo aliento
un despertar del mundo
un redescrubrimiento de los continentes del cielo
un viaje al interior del lado oscuro
una exploración por los mares subterráneos
una alquimia del alma
un fuego lento que nos consuma plácido
un retorno permanente al hueso de la naturaleza
un chuparle incesante
el tuétano a la vida.
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